SAN HERODIÓN, APÓSTOL DE LOS SETENTA
- monasteriodelasant6
- 28 mar
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conmemorado el 28 de marzo.

Ellos pensaron que lo habían asesinado ─pero estaban equivocados. Cuando los despiadados paganos apuñalaron al sufriente obispo cristiano en el pecho, en aquel terrible día en la ciudad griega de Patras, gimió profundamente y luego cayó a tierra. Allí se encontraba tendido, inmóvil, mientras la sangre manaba de su herida abierta. Ellos lo patearon nuevamente. Nada. “Está muerto”.
Luego uno de los conspiradores pronunció palabras como éstas: “Fue demasiado para el poderoso Herodión, el obispo de Patras”. Riendo estrepitosamente, los idólatras desaparecieron tras la neblina del atardecer. Ésto sucedió alrededor del año 50 de Nuestro Señor, según los historiadores de la Iglesia, en una ciudad famosa por sus festivales paganos y la persecución cruenta a los cristianos. En Patras (ubicada hoy en día en el Peloponeso, Grecia), ningún cristiano era más odiado que éste hombre, Herodión, quien había convertido a cientos de paganos al Santo Evangelio de Cristo antes de haber sido consagrado obispo.
Hombre inteligente y curioso, con una gran afición por los libros y el aprendizaje, el Santo Apóstol Herodión había nacido en la ciudad Siciliana de Tarso (hoy parte de Turquía), sólo algunos años luego del nacimiento de Santo Redentor en el pesebre de Belén.
Amigo cercano del Santo Apóstol Pablo, éste atento joven se había convertido al Santo Evangelio luego de haber escuchado las extasiadas descripciones que hacía su compañero de la muerte agonizante y la gloriosa resurrección del Salvador.
Escuchando totalmente fascinado, el joven impresionable, había sentido el inmenso poder espiritual del cristianismo ─y le había rogado al Divino Apóstol recibir el Bautismo en la primera oportunidad posible.
Una vez comprometido con su nueva fe, Herodión probó ser un trabajador infatigable mientras acompañaba a San Pablo en muchas de sus misiones de predicación en Grecia.
Fue tan efectivo trayendo conversos a los pies de los Doce Apóstoles que muy pronto fue elegido para formar parte de “Los Setenta” ─un gran grupo de discípulos que habían sido reclutados por los Doce Apóstoles Originales para llevar el Santo Evangelio a lo largo y ancho del mundo.
Como muchos otros de los miembros de “Los Setenta”, Herodión demostró no tener miedo en absoluto mientras viajaba sin cesar a través de un mundo lleno de fanáticos paganos que habían jurado hacer todo lo que pudieran con tal de detener la marcha de la nueva fe. Para Herodión, a quien le encantaba comprometer a quienes lo escuchaban en diálogos profundos sobre el Cielo, el Infierno y la Verdadera Naturaleza de la Salvación, predicar entre los griegos debió ser una experiencia estimulante.
¿Cuán frecuentemente en Olimpo, Minos o Patras se había gozado con el reto de llevar a esos paganos faltos de educación el sublime conocimiento de su Salvador? ¿Cuán frecuentemente les habría dicho a ellos, con el fuego de la certeza consumiendo su mirada: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna?
Herodión era un predicador sumamente alegre y los griegos que lo escuchaban no podían hacer otra cosa que responder a sus palabras. Como resultado de ello muy pronto se hizo de una reputación ─a lo largo del país─ como un evangelizador sumamente efectivo quien electrizaba a su audiencia dondequiera que estuviere. Sin embargo, esa creciente efectividad en proclamar la Buena Nueva conllevaba un riesgo ─y él lo sabía.
Últimamente, dondequiera que iba, se podía ver al acecho a los idólatras paganos en la parte posterior de las multitudes, murmurando mentiras a los otros y algunas otras veces agitando sus puños. Herodión sabía que lo estaban observando y esperando, así como planeando el momento en que pudieran atacarlo.
Sin embargo, lo que él no esperaba era que los paganos comenzaran a complotar con algunos de los miembros de la comunidad judía y algunos de sus enfurecidos sacerdotes. Esos ancianos y conservadores sacerdotes estaban profundamente preocupados acerca de la posibilidad real de que ellos puedan comenzar a perder influencia entre sus propios adherentes religiosos, si es que ésta fascinante fe cristiana continuaba ganando conversos cada día. No se equivoquen: los ofendidos practicantes hebreos no tenían intención de permitir que ésto sucediese. Durante numerosos encuentros con los sacerdotes que servían a los ídolos paganos, los primeros dejaron en claro que ellos encontrarían la manera de eliminar esta nueva amenaza ─a éste engañado seguidor del carpintero de Nazaret, con su llamado “Evangelio basado en el amor”.
No se opondrían al uso de la fuerza por parte de los paganos si ello era necesario para detener en su predicación al obispo de Patras.
Finalmente, luego de meses de complot los conspiradores hicieron su jugada. Habiendo acusado de sedición y traición al Obispo ─con cargos falsos que no hubieran sido capaces de sobrevivir al escrutinio de una corte─ un grupo de vigilantes de los adoradores de ídolos secuestraron al Santo varón y lo llevaron al centro de la plaza ubicada en el medio del pueblo. Ahí lo torturaron sin interrupción. Mientras algunos lo golpeaban con sus puños y otros le arrojaban piedras arrancadas de la calle, un tercer grupo lo golpeaba repetidamente en la cabeza con un mazo de madera. Luego llegó el cuchillo. Dando un paso rápidamente de entre la muchedumbre, uno de los instigadores deslizó su mano dentro de su túnica. La cuchilla brilló por un momento en el aire ─y luego hizo un corte profundo en el pecho del Obispo. Él solo lanzó un grito apagado y cayó. Ellos observaron caer su cabeza contra el pavimento y vieron como brotaba de su cuerpo estremecido un río de sangre escarlata. Ellos lo patearon y no se movió. Muerto.
Pero él no había muerto ─siendo la segunda intervención del Dios Todopoderoso. De alguna manera el terrible sangrado se había detenido. Y él continuó respirando. Seguramente porque el Señor Dios tenía otro plan para él en esa tarde brutal en la Ciudad de Patras. Se recuperó y muy pronto fue llamado a Roma en donde pasaría muchos años gloriosos predicando la Palabra junto a san Pedro, antes de que el gran Apóstol recibiera el martirio por Cristo.
Luego de ese tiempo llegaría su verdadero destino. Cuando los paganos decapitaron a su amado mentor, san Pablo, quien lo había saludado afectuosamente en su Epístola a los Romanos (16:11), ellos también decidieron eliminar al carismático predicador de quien había sido su buen amigo. Al final el camarada de toda la vida de San Pablo de Tarso fue decapitado y murió sólo algunas horas luego de que el Gran Apóstol (Pedro) pereciera en su propia cruz.
La vida del Santo Apóstol Herodión de Los Setenta nos dice mucho acerca del misterio del destino y también sobre la inescrutable voluntad de Dios. ¿Quién hubiera predicho que el Obispo de Patras viviría, luego de haber recibido semejantes herida, o que sobreviviría al ataque en Patras sólo para morir a manos de otro grupo de paganos, esta vez en las calles abarrotadas de Roma? Nadie puede predecir su destino. De Herodión, cuya cercana amistad con san Pablo hizo de él una figura importante en el crecimiento de la Santa Iglesia a lo largo de Tierra Santa, aprendemos que la única acción sabia es poner completamente el propio destino, con amor y con fe, en las manos de Dios.
REFERENCIAS
La Ortodoxia es la Verdad. (2024). Herodión, el Santo Apóstol de los Setenta. Atenas, Grecia: https://laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com
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