SAN CUTBERTO, TAUMATURGO DE BRITANIA
- monasteriodelasant6
- 20 mar
- 10 Min. de lectura
conmemorado el 20 de marzo.

San Cutberto (en. Cuthbert), taumaturgo de Britania, nació en Northumbria alrededor del año 634. Se ha conservado muy poca información sobre sus primeros años de vida, pero se preserva un notable relato sobre él, cuando tenía ocho años.
De niño, Cutberto se complacía en los juegos y en jugar con otros niños. Podía vencer a cualquiera de su edad, y aún a algunos mayores, en carreras, saltos, lucha y otros ejercicios. Un día, él y otros niños se divertían disponiéndose de cabeza y con los pies en alto. Un niño de unos tres años reprendió a Cutberto por su comportamiento inapropiado. «Sé sensato», dijo, «y cesa éstas necias travesuras».
Cutberto y los demás lo ignoraron, pero el niño rompió en llanto con tan gran tristeza que resultó imposible serenarlo. Cuando preguntaron qué le sucedía, clamó: “¡Oh, Santo Obispo y Presbítero Cutberto! Éstas maniobras indecorosas para presumir de tu habilidad atlética no te corresponden ni a ti ni a la dignidad de tu cargo». De inmediato, Cutberto interrumpió lo que estaba haciendo, e intentó consolar al niño.
De camino a casa, reflexionó sobre el significado de tan extrañas palabras. A partir de entonces, Cutberto se tornó más reflexivo y serio. Éste incidente revela a san Cutberto como el instrumento escogido de Dios, “útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Tm 2:20-21), tal como Samuel, David, Jeremías, Juan el Bautista y otros que, desde pequeños, estaban destinados a servir al Señor.
En otra ocasión, sufría de una lesión en la rodilla. Estaba bastante hinchada y los músculos tan contraídos que cojeaba y apenas podía apoyar el pie en el suelo. Un día, un apuesto desconocido de noble porte, vestido de blanco, se acercó a caballo al sitio donde Cutberto estaba sentado al sol junto a la casa. El desconocido preguntó cortésmente si el niño lo recibiría como huésped. Cutberto respondió que si sus heridas no lo impidieran hacerlo, no dudaría en ofrecerle hospitalidad.
El hombre descendió de su montura y examinó la rodilla de Cutberto, aconsejándolo que preparara harina de trigo con leche y untara la pasta tibia sobre la rodilla dolorida. Tras la partida del desconocido, se dio cuenta de que aquel hombre era en realidad un ángel enviado por Dios. Unos días después, se recuperó por completo. Desde entonces, como san Cutberto revelara años después a algunos amigos de confianza, siempre recibía ayuda de los ángeles cuando oraba a Dios en situaciones desesperadas.
En su Vida de San Cutberto en prosa, san Beda de Jarrow (27 de mayo) recuerda a los escépticos que no es raro que un ángel se aparezca a caballo, citando 2 Mac 11:6-10 y 4 Mac 4:10.
De joven, el Santo pastoreaba las ovejas de su señor en las colinas de Lammermuir, al sur de Edimburgo, cerca del río Leader. Una noche, mientras oraba, tuvo una visión de ángeles que llevaban el alma de san Aidan al cielo (31 de agosto) en una esfera de fuego. Cutberto despertó a los demás pastores y les contó lo que había visto. Dijo que debía ser el alma de un Santo Obispo o de alguna otra gran persona. Unos días después, supieron que el obispo Aidan de Lindisfarne había reposado a la misma hora en que Cutberto tuvo su visión.
De adulto, san Cutberto decidió abandonar su vida mundana y ascender a una vida mejor. Ingresó en el Monasterio de Melrose, en el valle del Tweed, donde fue recibido por el abad san Boisil (23 de febrero). San Cutberto fue aceptado en la comunidad y se dedicó al servicio de Dios. Sus ayunos y vigilias eran tan extraordinarios que los demás monjes se admiraban de él. A menudo pasaba noches enteras en oración y no tomaba alimento durante días.
¿Quién puede describir su vida angelical, su pureza o su virtud? Gran parte de ésto solo lo conoce Dios, pues san Cutberto obró en secreto para eludir la alabanza de los hombres.
Unos años después, san Eata (26 de octubre) eligió a algunos monjes de Melrose para vivir en el nuevo Monasterio de Ripon. Entre ellos se encontraba san Cutberto. Tanto Eata como Cutberto fueron expulsados de Ripon y enviados de vuelta a Melrose en el año 661 porque ellos (y otros monjes) se negaron a seguir el cálculo romano para la fechación de Pascua. La iglesia celta, que seguía un cálculo distinto y más antiguo, se resistió a las prácticas romanas por largo tiempo. Sin embargo, en el año 664 el Sínodo de Whitby determinó que las costumbres romanas eran superiores a las de la iglesia celta y debían ser adoptadas por todos. San Beda aborda la predicha cuestión en su Historia De La Iglesia Y El Pueblo Ingleses (Libro III, 25).
San Cutberto fue elegido abad de Melrose tras la muerte de san Boisil, guiando a los hermanos con su palabra y su ejemplo. Viajó por los alrededores para animar a los cristianos y predicar el Evangelio a quienes jamás lo habían oído. A veces se ausentaba del Monasterio durante un mes, enseñando y predicando. También obró numerosos milagros, sanando enfermos y liberando a endemoniados.
En el año 664, Cutberto acompañó a san Eata a Lindisfarne y extendió su territorio a los habitantes de Northumberland y Durham. Pronto, san Eata lo nombró prior de Lindisfarne (conocidas así mismo como “Isla Sagrada”). En aquel tiempo, ambos Monasterio estaban bajo la jurisdicción de san Eata. Durante su estancia en Lindisfarne, san Cutberto continuó su costumbre de visitar a los pobladores para inspirarlos a buscar el Reino de los Cielos.
Aunque algunos monjes preferían su vida descuidada a la regla monástica, san Cutberto los fue reconfortando gradualmente. Al principio tuvo que soportar muchas discusiones e insultos, pero con el tiempo los convenció de obedecer mediante su paciencia y su amorosa admonición. Tenía una gran sed de justicia, por lo que no dudaba en corregir a quienes obraban incorrectamente. Sin embargo, su dulzura lo impulsaba a perdonar rápidamente a quienes se arrepentían. Cuando alguien se confesaba ante él, a menudo lloraba compadeciéndose de su debilidad. También los mostraba cómo expiar sus pecados realizando él mismo sus penitencias.
San Cutberto era un verdadero padre para sus monjes, pero su alma anhelaba la soledad absoluta, por lo que se fue a vivir a una pequeña isla (la Isla de san Cutberto), a poca distancia de Lindisfarne. Tras vencer a los demonios mediante la oración y el ayuno, el Santo decidió alejarse aún más de sus semejantes. En el año 676, se retiró a Inner Farne, un lugar aún más remoto. San Cutberto construyó una pequeña celda indistinguible desde tierra firme. A pocos metros, construyó una casa de huéspedes para los visitantes de Lindisfarne. Allí permaneció casi nueve años.
Un sínodo en Twyford, presidido por el Santo Arzobispo Teodoro (19 de septiembre), eligió a Cutberto obispo de Hexham en el año 684. Se lo enviaron misivas y mensajeros para informarlo de la decisión del sínodo, pero se negó a abandonar su soledad. El rey Ecfrido y el obispo Trumwine (10 de febrero) lo visitaron, rogándolo, en nombre de Cristo, que aceptara. Finalmente, san Cutberto se presentó y los acompañó al sínodo. Con gran reticencia, se sometió a la voluntad del sínodo y aceptó el cargo de obispo. Casi inmediatamente, intercambió sedes con san Eata y se convirtió en obispo de Lindisfarne, mientras que san Eata se trasladó a Hexham.
El obispo Cutberto se mantuvo tan humilde como antes de su consagración, rechazando la fastuosidad y portando prendas sencillas. Desempeñó su cargo con dignidad y gracia, sin dejar de vivir como monje. Su virtud y santidad de vida no hicieron más que acrecentar la autoridad de su cargo.
Su vida como obispo de Lindisfarne fue bastante similar a aquellos días en que fuera prior de dicho Monasterio. Se dedicó a su rebaño, predicando y visitando a personas de toda su diócesis, expulsando demonios y sanando todo tipo de enfermedades. Sin embargo, solo ejerció como obispo durante dos años.
En una ocasión, san Cutberto fue invitado a Carlisle para ordenar a siete diáconos al santo sacerdocio. El Santo Presbítero Herberto vivía en soledad en una isla vecina. Al enterarse de que su amigo espiritual Cutberto se alojaba en Carlisle, lo visitó para hablar con él de asuntos espirituales. San Cutberto le dijo que le preguntara lo que necesitara, pues no se volverían a ver en ésta vida. Al enterarse de que san Cutberto descansaría pronto, Herberto cayó a sus pies y lloró. Por gracia de Dios, ambos durmieron en paz, el mismo día.
Aunque apenas tenía poco más de cincuenta años, san Cutberto presintió que la hora de su partida hacia el Señor se aproximaba. Dejó de lado sus deberes pastorales y se retiró a la soledad de Inner Farne poco después de la fiesta de la Natividad del Señor en el año 686 para prepararse. Al principio pudo recibir visitas de Lindisfarne, pero poco a poco se fue debilitando y no pudo bajar al embarcadero para recibirlas.
Su última enfermedad lo aquejó el día 27 de febrero del año 687. El piadoso sacerdote Herefrith (posteriormente abad de Lindisfarne) lo visitó esa mañana. Cuando estuvo listo para regresar, pidió a san Cutberto su bendición. El Santo respondió: «Haz tal cual piensas. Sube a tu barca y regresa sano y salvo a casa».
San Cutberto también dio instrucciones al padre Herefrith para su entierro. Pidió que lo enterraran al este de la cruz que él mismo había erigido. Le indicó dónde encontrar un ataúd de piedra escondido bajo la tierra. «Dispón mi cuerpo en él», dijo, «y envuélvelo en la tela que encontrarás allí». La tela fue un obsequio de la abadesa Verca, pero san Cutberto pensó que era demasiado fina para que él la usara. Por cariño hacia ella, la conservó para usarla como sudario.
El padre Herefrith deseaba enviar a algunos hermanos para cuidar del obispo moribundo, pero san Cutberto se lo impidió, diciendo: “Partan ahora y regresen a su debido tiempo”.
Cuando Herefrith preguntó cuándo llegaría dicho momento, san Cutberto respondió: “Cuando Dios quiera. Él se los mostrará”.
Herefrith regresó a Lindisfarne y les dijo a los hermanos que oraran por el enfermo Cutberto. Las tormentas impidieron que los hermanos regresaran a Inner Farne durante cinco días. Cuando finalmente desembarcaron, encontraron al Santo sentado en la playa junto a la casa de huéspedes. Les dijo que había salido para que, cuando llegaran a cuidarlo, no tuvieran que ir a su celda a buscarlo. Había estado sentado allí durante cinco días y cinco noches, tomando cebollas como alimento. También reveló que durante esos cinco días había sido atacado por demonios con más fuerza que nunca.
Ésta vez, san Cutberto consintió en que algunos de los hermanos lo acompañaran. Uno de ellos era su asistente personal, el sacerdote Beda. Pidió especialmente que el monje Walhstod permaneciera con él para ayudar a Beda a cuidarlo. El padre Herefrith regresó a Lindisfarne e informó a los hermanos del deseo de Cutberto de ser enterrado en su isla.
Herefrith y los demás, sin embargo, deseaban enterrarlo en su iglesia con el debido honor. Por lo tanto, Herefrith regresó a Cutberto y pidió su consentimiento. San Cutberto dijo que quería ser enterrado allí, en el sitio de sus luchas espirituales, y señaló que la paz de los hermanos se vería perturbada por la cantidad de peregrinos que vendrían a Lindisfarne a venerar su tumba.
Herefrith insistió en que con gusto soportarían las molestias por amor a Cutberto. Finalmente, el obispo accedió a ser enterrado en la iglesia de Lindisfarne para que los monjes siempre lo tuvieran con ellos y que podrían decidir a qué forasteros permitirían visitar su tumba.
San Cutberto se debilitaba cada vez más, por lo que los monjes lo llevaron de vuelta a su celda. Nadie había entrado jamás, así que se detuvieron a la puerta y pidieron que al menos uno de ellos pudiera atender sus necesidades. Cutberto pidió a Wahlstod que entrara con él. Wahlstod llevaba mucho tiempo sufriendo de disentería. Aunque estaba enfermo, accedió a cuidar de Cutberto. En cuanto tocó al Santo Obispo, la enfermedad lo abandonó. Aún enfermo y moribundo, san Cutberto sanó a su siervo Wahlstod. Sorprendentemente, el poder espiritual del Santo no se vio afectado por su debilidad de cuerpo. Alrededor de las tres de la tarde, Wahlstod salió y anunció que el obispo deseaba que entraran.
El padre Herefrith preguntó a san Cutberto si tenía alguna instrucción final para los monjes. Les habló de paz y armonía, advirtiéndoles que estuvieran en guardia contra quienes fomentaban el orgullo y la discordia. Aunque los animó a recibir a los visitantes y ofrecerles hospitalidad, también les advirtió que no trataran con herejes ni con quienes llevaban una vida impía. Les indicó que aprendieran las enseñanzas de los Padres y las pusieran en práctica, y que se adhirieran a la regla monástica que les había enseñado.
Tras pasar la noche en oración, san Cutberto se incorporó y recibió la Sagrada Comunión de manos del padre Herefrith. Entregó su alma a Dios el día 20 de marzo del año 687, a la hora señalada para el oficio de la noche.
Once años después, se abrió la tumba de san Cutberto y se encontraron sus reliquias incorruptas. En el siglo IX, las reliquias fueron trasladadas a Norham y luego de vuelta a Lindisfarne. Debido a la amenaza de las incursiones vikingas, el cuerpo de san Cutberto fue trasladado de un sitio a otro durante siete años para evitar que fuera vejado por los invasores. Las reliquias de san Cutberto fueron trasladadas a Chester-le-Street en el año 995. Fueron trasladadas de nuevo debido a otra invasión vikinga y luego llevadas a Durham para su custodia. Alrededor del año 1020, las reliquias de los Santos Beda (27 de mayo), Aidan (31 de agosto), Boisil (23 de febrero), Aebbe (25 de agosto), Eadberto (6 de mayo), Aethilwald (12 de febrero) y otros Santos asociados con san Cutberto también fueron trasladadas a Durham.
La tumba fue abierta de nuevo el 24 de agosto del año 1104, y las reliquias incorruptas y fragantes fueron colocadas en la catedral recién terminada. Las reliquias de los otros Santos mencionados anteriormente se colocaron en varios lugares de la iglesia. Sin embargo, la cabeza de san Osvaldo de Northumbria (5 de agosto) permaneció en el ataúd de san Cutberto.
En el año 1537, tres comisionados del rey Enrique VIII saquearon la tumba y profanaron las reliquias. El cuerpo de san Cutberto permanecía incorrupto y fue inhumado nuevamente. La tumba se abrió de nuevo en el año 1827. En el ataúd exterior se encontró un montón de huesos, probablemente las reliquias de varios Santos, que habían sido recogidas siete siglos antes y reubicadas tras la finalización del trabajo de los comisionados protestantes.
En el ataúd interior se encontraba un esqueleto envuelto en un sudario de lino y cinco túnicas. Entre las vestimentas se encontró una cruz de oro y granate, probablemente la cruz pectoral de san Cutberto. También se encontraron un peine de marfil, un altar portátil de madera y plata, una estola (epitrajilion), fragmentos de un ataúd de madera tallada y otros objetos. Éstos objetos pueden verse hoy en la biblioteca del Deán y el Cabildo de la Catedral de Durham. La tumba se abrió de nuevo en el año 1899, y un examen científico determinó que los huesos pertenecían a un hombre de unos cincuenta años, la edad que tenía Cutberto cuando durmiera en el Señor.
Hoy en día, las reliquias de san Cutberto (y la cabeza de san Osvaldo) reposan bajo una sencilla losa de piedra en el lugar donde se encontraba el santuario medieval original, en la Capilla de los Nueve Altares, y las reliquias de san Beda descansan en el otro extremo de la catedral. Las reliquias y los tesoros de la Biblioteca hacen de Durham un lugar ideal para los peregrinos.
REFERENCIAS
Orthodox Church in America. (2025). Saint Cuthbert, Wonderworker of Britain. New York, Estados Unidos: OCA.
Comments